De Dragones y Jinetes va la cosa
Quien me conoce sabe que me gusta leer. Quien de verdad me conoce sabe que los libros son parte de mi vida. En mi casa siempre hubo libros, curiosamente acomodados en un librero que quedaba justo a la altura de mis ojos. De niña soñaba leer todos esos libros (hoy de adulta sé que muchos de ellos no son de mi interés y es que mi papá no tiene un gusto definido). Hoy las cosas han cambiado. Ese librero se quedó atrás hace mucho tiempo, pero uno nuevo lo reemplaza en estos días, está ahí, en mi sala rebasando por poco mi impresionante altura de metro cincuenta y siete. No sé si alguno de los libros de mi papá siguán ahí, sé que tengo libros suyos que ahora me pertenecen (aunque él insista en que son de los dos), pero ahora en lugar géneros inconexos entre sí, ese libro está lleno de arriba abajo de novelas. Cada tanto uno baja de rango y baja un nivel en la estantería, solo porque esta niña no tiene autocontrol y se compró uno de los muchos libros que le faltan. Muchos otros, aun queridos, permanecen guardados en cajas gigantes esperando el momento en que me vuelva loca y consiga otro librero igual o más grande.
Se de buena fuente que llevó más de la mitad de mi vida leyendo, pero los suficientes para saber que estoy muy alejada de haber sido una Matilda como son muchos de mis amigos. Y la verdad es que los libros son parte de quien soy ahora, no sería la Annie que conocen si no fuera porque, en un momento, me senté a leer como si no hubiera un mañana.
Hace poco me di cuenta de cómo había empezado este fenómeno y aunque me gustaría decir que empezó desde que tenía 7 años, cuando mi papá nos leía El Principito y El Búho blanco y el Ratón Azul (libros que aun guardo con mucho amor), estaría mintiendo. Me gustaría creer que empezó con Miriam, quien me leyó Harry Potter del 1 al 3, cansándose en el 4to, pero (aunque se aproxima) el motivo fue otro.
Tenía 15 años la primera vez que leí un libro de principio a fin, lo recuerdo porque fue un año importante. En 2008 conocí a quien ahora es mi autora favorita, en 2008 fue cuando alcance a Harry en edad (leyendo el 5to libro), el 2008 fue el primer año que leí 15 libros y no hubiera sido por un jinete y su dragona.
No sé si mi hermana tenía idea de lo que hacía cuando me dio Eragon, sé que uno de sus mejores amigos y hermano estaba obsesionado con el libro e hizo que todos los de su grupo lo leyeran, así que quizás solo quería que uniera a esa extraña comunidad que estaban creando, quizás solo quería alguien más cercano con quien hablar, la idea es que ella leyó el libro e insistió a mi papá que se lo comprara y así el reino de Alagaësia entro en la casa. Recuerdo que Eragon me atrapó de inmediato, el protagonista (cuyo nombre es el título de la primera novela) tenía mí misma edad en ese libro, era un niño un tanto torpe y con aspiraciones de grandezas que en un segundo le cayó un destino demasiado pesado para sus hombros en el momento en que apareció una hermosa gema del tamaño de su brazo de color azul, tan pulida que brillaba. De esta gema nacería una criatura de apenas del tamaño de un gato, con brillantes alas y escamas azules a quien (más tarde en el libro) llamaría Zafira. Eragon y Zafira tienen una conexión, pues resulta que desde el momento en que nació, la dragona y el muchacho podían hablarse atreves de la mente (como telepatía, pero mágico, supongo), pues tan pronto un dragón escoge a su jinete es para siempre, llegando a caer en la locura o a renunciar a su forma física si alguno de los dos perece.
Recuerdo leer las aventuras de este par y quedar fascinada, yo sé que hoy puede que no me parezcan la gran cosa (especialmente tras leer autores quienes se consideran como los dueños de la ficción), pero lo que terminó por clavar el clavo en esta caja llamada “nunca se irá por el mal camino, porque gastará todo su dinero en libros” fue cuando leí el reverso del libro y descubrí que el autor, Christopher Paolini, era muy joven cuando escribió Eragon.
Lo escribió, con justo quince años.
Hace poco terminé de leer Steelheart, un libro que me tuvo a la orilla del asiento hasta el final. Si bien no es la obra magna de Brandon Sanderson, sigue siendo un buen libro. Tengo por costumbre leer los agradecimientos (mas no los comentarios al inicio del libro) y encontré que el señor Sanderson agradecía a este jovenzuelo (ahora ya no tan jovenzuelo) por sus comentarios sobre la novela. Con tan solo leer ese nombre miles de recuerdos regresaron a mi: los días tranquilos de Eragon en Teirm, las batallas con los Vardenos, la ciudad de los elfos y mi primer amor literario: Murtagh. Pero además de eso llego a mí la revelación de que nada de lo que soy habría explotado sin Eragon. Para empezar no habría conocido a muchas personas (muchas con las que ya no tengo contacto), mi nickname nunca habría tenido Svittkona, ya que este es un título élfico de la saga y sobre todo una de las historias en las que más he trabajado no estaría creciendo y cambiando constantemente dentro de mi cabeza, esperando ansiosamente al día en que todos los cabos estén resueltos y pueda sentarme como una loca a escribirlo.
Eragon no fue quien me jaló a este lugar, eso fue cosa de Anne Rice; Eragon no fue quien hizo que amara la literatura, esa fue una mujer cuyo nombre hoy no digo muy seguido; Eragon no fue quien hizo que me enamorara del género fantástico en las novelas, eso es cosa de Rick Riordan; ni mucho menos fue el libro que he leído más veces (por ahora sigue siendo Entrevista con el Vampiro), pero si fue el que lo empezó todo. Fue ese pequeño empuje para que yo me metiera de lleno en este pozo, fue la mano mágica que empujo una enorme línea imaginaria de dóminos que no para de caer y desconozco donde terminará.
Le debo mucho a Eragon, pero sobre todo le debo mucho a Christopher Paolini.
No sé como termina la aventura del jinete de dragón y su compañera, ya que sé que el ultimo libro es decepcionante y he aplazado el leerlo. No me interesa que me digan el final, quedan advertidos que bloqueare a cualquier payaso que lo intente. Quiero leerlo, quiero volver a ese mundo y vivir una ultima aventura a su lado.
Solo espero que Alagaësia sea piadosa conmigo. Pero especialmente espero que Eragon y Zafira me reciban con el mismo cariño y calidez que hicieron cuando solo tenía quince años.
Se de buena fuente que llevó más de la mitad de mi vida leyendo, pero los suficientes para saber que estoy muy alejada de haber sido una Matilda como son muchos de mis amigos. Y la verdad es que los libros son parte de quien soy ahora, no sería la Annie que conocen si no fuera porque, en un momento, me senté a leer como si no hubiera un mañana.
Hace poco me di cuenta de cómo había empezado este fenómeno y aunque me gustaría decir que empezó desde que tenía 7 años, cuando mi papá nos leía El Principito y El Búho blanco y el Ratón Azul (libros que aun guardo con mucho amor), estaría mintiendo. Me gustaría creer que empezó con Miriam, quien me leyó Harry Potter del 1 al 3, cansándose en el 4to, pero (aunque se aproxima) el motivo fue otro.
Tenía 15 años la primera vez que leí un libro de principio a fin, lo recuerdo porque fue un año importante. En 2008 conocí a quien ahora es mi autora favorita, en 2008 fue cuando alcance a Harry en edad (leyendo el 5to libro), el 2008 fue el primer año que leí 15 libros y no hubiera sido por un jinete y su dragona.
No sé si mi hermana tenía idea de lo que hacía cuando me dio Eragon, sé que uno de sus mejores amigos y hermano estaba obsesionado con el libro e hizo que todos los de su grupo lo leyeran, así que quizás solo quería que uniera a esa extraña comunidad que estaban creando, quizás solo quería alguien más cercano con quien hablar, la idea es que ella leyó el libro e insistió a mi papá que se lo comprara y así el reino de Alagaësia entro en la casa. Recuerdo que Eragon me atrapó de inmediato, el protagonista (cuyo nombre es el título de la primera novela) tenía mí misma edad en ese libro, era un niño un tanto torpe y con aspiraciones de grandezas que en un segundo le cayó un destino demasiado pesado para sus hombros en el momento en que apareció una hermosa gema del tamaño de su brazo de color azul, tan pulida que brillaba. De esta gema nacería una criatura de apenas del tamaño de un gato, con brillantes alas y escamas azules a quien (más tarde en el libro) llamaría Zafira. Eragon y Zafira tienen una conexión, pues resulta que desde el momento en que nació, la dragona y el muchacho podían hablarse atreves de la mente (como telepatía, pero mágico, supongo), pues tan pronto un dragón escoge a su jinete es para siempre, llegando a caer en la locura o a renunciar a su forma física si alguno de los dos perece.
Recuerdo leer las aventuras de este par y quedar fascinada, yo sé que hoy puede que no me parezcan la gran cosa (especialmente tras leer autores quienes se consideran como los dueños de la ficción), pero lo que terminó por clavar el clavo en esta caja llamada “nunca se irá por el mal camino, porque gastará todo su dinero en libros” fue cuando leí el reverso del libro y descubrí que el autor, Christopher Paolini, era muy joven cuando escribió Eragon.
Lo escribió, con justo quince años.
Hace poco terminé de leer Steelheart, un libro que me tuvo a la orilla del asiento hasta el final. Si bien no es la obra magna de Brandon Sanderson, sigue siendo un buen libro. Tengo por costumbre leer los agradecimientos (mas no los comentarios al inicio del libro) y encontré que el señor Sanderson agradecía a este jovenzuelo (ahora ya no tan jovenzuelo) por sus comentarios sobre la novela. Con tan solo leer ese nombre miles de recuerdos regresaron a mi: los días tranquilos de Eragon en Teirm, las batallas con los Vardenos, la ciudad de los elfos y mi primer amor literario: Murtagh. Pero además de eso llego a mí la revelación de que nada de lo que soy habría explotado sin Eragon. Para empezar no habría conocido a muchas personas (muchas con las que ya no tengo contacto), mi nickname nunca habría tenido Svittkona, ya que este es un título élfico de la saga y sobre todo una de las historias en las que más he trabajado no estaría creciendo y cambiando constantemente dentro de mi cabeza, esperando ansiosamente al día en que todos los cabos estén resueltos y pueda sentarme como una loca a escribirlo.
Eragon no fue quien me jaló a este lugar, eso fue cosa de Anne Rice; Eragon no fue quien hizo que amara la literatura, esa fue una mujer cuyo nombre hoy no digo muy seguido; Eragon no fue quien hizo que me enamorara del género fantástico en las novelas, eso es cosa de Rick Riordan; ni mucho menos fue el libro que he leído más veces (por ahora sigue siendo Entrevista con el Vampiro), pero si fue el que lo empezó todo. Fue ese pequeño empuje para que yo me metiera de lleno en este pozo, fue la mano mágica que empujo una enorme línea imaginaria de dóminos que no para de caer y desconozco donde terminará.
Le debo mucho a Eragon, pero sobre todo le debo mucho a Christopher Paolini.
No sé como termina la aventura del jinete de dragón y su compañera, ya que sé que el ultimo libro es decepcionante y he aplazado el leerlo. No me interesa que me digan el final, quedan advertidos que bloqueare a cualquier payaso que lo intente. Quiero leerlo, quiero volver a ese mundo y vivir una ultima aventura a su lado.
Solo espero que Alagaësia sea piadosa conmigo. Pero especialmente espero que Eragon y Zafira me reciban con el mismo cariño y calidez que hicieron cuando solo tenía quince años.

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