Por una vez me gustaría que me miraras y me dijeras que me amas.

Hoy creí distinguir tu figura en la multitud. Un hombre de tu misma estatura y con tu mismo cabello. No me atreví a mirar a su rostro para comprobar si eras tú. Principalmente porque no deseaba incomodar a un extraño ni darte indicios de que te había reconocido. No quise mirar porque, en caso de toparte con tus ojos, explotaría en furia si viera como tu mirada cobarde guía de la mía; no quise mirar y descubrir que no me habías notado; no quise mirar y que las emociones que apretaban contra mi pecho explotaran.

 

Por un segundo me di la oportunidad de fantasear que eras tu. Que me habías distinguido y tu cobarde ser empezó a gritar en pánico, pánico por si te hablaba, por te miraba, que tu rostro hiciera esa estúpida mueca cuando estas incomodo, esa misma cara que ponías cada vez que veías a alguien que conociste en tus antiguas escuelas y, por algún motivo que nunca entenderé, no querías que te hablaran, que te reconocieran. Por un momento me di la oportunidad de fantasear que eras tu y que habías notado como pasaba a tu lado de forma indiferente, con la expresión sería que he perfeccionado durante años, expresión que no se modifica ni cuando el objeto de mis deseos esta cerca. Por un momento me di la oportunidad de pensar que eras tú, que me reconociste y algo en ti sintió un vacío al verme en un lugar tan casual como regresar del trabajo; que tu cabeza dio mil vueltas y, por un segundo, solo por un segundo anhelaste mi presencia.

 

Por un segundo me permití fantasear que me perseguías, porque querías hablar conmigo o por lo menos un poco más de tiempo.

 

Por un momento me permití ser de nuevo la tonta enamorada.

 

Pero tuve que romper mi corazón.

 

Y el problema es que, después de todos estos años, te conozco muy bien.

 

Se que, si eras tú, simplemente desviaste la mirada y te fuiste pensando “por favor que no me hable, por favor que no me sigua”, como si fuera una clase de enfermedad contagiosa. Se que, sí eras tú, harás de todo con tal de no pensar en mí. Se que, sí eras tú, estarás deseando con todas tus fuerzas que no te haya visto, que no te haya reconocido.

 

Lo sé porque te conozco y se que eres tan cobarde como orgulloso.

 

Lo sé porque no me seguiste a pesar de yo ir tras de ti.

Lo sé porque en nuestro último encuentro ni siquiera volteaste a verme una vez más.

Lo sé porque ni cuando estuvimos juntos fuiste hasta mi cuando te necesitaba. Y cuando lo hiciste fue porque alguien más te lo pidió, no por cuenta propia.

Lo sé porque a pesar de este tiempo no has extrañado mi presencia, de haberlo hecho me habrías buscado, me habrías hablado o por lo menos me habrías dado la oportunidad de conservarte en mi vida, aunque sea a la distancia.

Lo sé porque mi ausencia no es tan dolorosa como para mi es la tuya.

Lo sé porque te sientes en más calma conmigo lejos de ti, que cuando estaba a tu lado.

Lo sé porque, si yo fuera lo mitad de importante que tu eres para mí, no habrías hecho lo que hiciste, no estarías tan enojado conmigo, buscarías, de alguna forma, estar en contacto conmigo.

 

Y lo peor de todo es que estoy acostumbrada.

 

Estoy acostumbrada a amarte más, de lo que tu alguna vez me amaste.

Estoy acostumbrada a que pienses primero en ti y después si la persona que esta a tu lado está en calma.

Estoy acostumbrada porque, aun cuando estuvimos juntos, mi silencio nunca fue señal de alarma.

 

Y me duele, me duele amar tanto a alguien que piensa tan poco en mí.

Me duele que no puedo dejar de querer a alguien que se que no me quiere la mitad de lo que yo lo quiero a él.

Me duele porque me gustaría odiarte, me gustaría odiarte con la fuerza con la que mis amigos te odian.

 

Pero lo intento.

 

Y lo intento.

 

Y a pesar de reclamarle a tu recuerdo.

 

Simplemente no puedo.

 

Supongo que lo que me dijeron una vez sigue siendo verdad.

 

Tengo mucho amor. Tengo mucha pasión.

 

Y por algún motivo, eso es peligroso.

 

Supongo que lo es.

 

Porque cada vez que me he enamorado de alguien, a pesar de haberme lastimado, nunca puedo odiarlos, nunca he podido dejar de amarlos.

 

Pero, contigo, me gustaría que por una vez, mi corazón fuera amable conmigo.

 

Y me dejara soltarte.

 

Dejar de amarte.

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